Pasaron unos días después de las elecciones locales de 1992 en donde la ciudad me hizo el inmenso honor de hacerme su alcalde y a Julio César su concejal por la lista del M19 que se integraba de manera definitiva a la lucha democrática, después de abandonar el camino de las armas.

Antonio Rodríguez que era concejal, propuso una reunión para construir la coalición que gobernaría el concejo y ayudaría a la gobernabilidad del alcalde. Fue en mi apartamento en Lomas del Cartagena, inicialmente pensamos en invitar a los concejales de los partidos que me habían acompañado en la elección, pero reconsideramos la propuesta e invitamos a todos los que quisieran trabajar en una propuesta que había recibido un interesante respaldo ciudadano.

A la reunión fueron llegando los concejales electos, recuerdo a Alfredo González, Raúl Vernaza, Jose Arquimedez de Angulo, el propio Antonio Rodríguez, el indio Becerra, Socorrito Fajardo, Gentil Solarte, Jorge Ceballos, Jorge Ortiz y Guadalupe Valenzuela entre otros. Comenzaron las intervenciones con muchas prevenciones y parecía que seguiríamos un modelo ya usado de la lógica electoral, hasta que Julio César con su voz que transmitía confianza dijo: ¿y qué tal si nos conocemos y mientras vamos caminando en esa dirección tomamos las mejores decisiones para la ciudad?. Ese era Payán, el demócrata con un concepto humanista de la política que nos recordó  que antes de ser concejales y alcalde, éramos seres humanos que con la palabra se acercan y son capaces de construir sueños colectivos.

Con Julio uno podía hablar de todo, era el amigo confidente, el médico bioenergético que te atendía, el político que opinaba, pero en especial era el ser humano en el que podías confiar.

Popayán estaba muy mal de vías y nos la jugamos por una concesión vial para ampliar y recuperar la vía panamericana en su paso por la ciudad y hacer los anillos viales en los barrios populares y la variante panamericana. El proyecto no era fácil y se generaron mil dificultades que me presionaban y me hacían perder la tranquilidad. Julio lo entendió así y llamó a mi oficina diciéndome: “paso por usted al mediodía para que conversemos” tal vez fue un martes, en efecto lo hizo y en su carro salimos de la ciudad hablando de mil cosas, cuando nos dimos cuenta estábamos camino al volcán Puracé, llegamos a él, nos bajamos y ya no solo eran los temas de ciudad, era conversar también de las cosas que nos producían alegría y tristeza, era hablar no solo de lo que representábamos, sino de lo que éramos y ahí descubrí que Julio no solo era bueno para curar el cuerpo, sino que tenía la forma de sanar el alma.

Fue un revolucionario que con la fuerza de la palabra intentó mejorar la sociedad y con su medicina se entregó y llevó la acupuntura a los más humildes, predicaba con el ejemplo y tenía una bella manera de hacer amigos porque era auténtico, honesto y por encima de todo, tenía la sabiduría de la experiencia.

Me ayudó con su liderazgo a desarrollar el programa de reubicación de barrios subnormales más grande que se haya hecho en la ciudad y sus reuniones y palabras fueron definitivas para que la gente aceptara trasladar su invasión a barrios formales como el Santiago de Cali, pero algo lejos de su zona de trabajo. Siempre tenía una serena manera de hacer aterrizarlo a uno, e incluso decirle las cosas que otros no dirían. Julio fue siempre un hombre muy honesto, hoy no está con nosotros en materia, pero su espíritu nos acompañará en especial a los que tuvimos el privilegio de gozar de su amistad.

Una rosa en la tumba para el médico valluno que fue el más patojo de los patojos, aunque nunca le metiera su hombro a uno de los pasos de nuestras procesiones; porque siempre reservó su fuerza para meterle el hombro a los problemas de la gente.

Luia Fernando Velasco Chaves

 

Foto tomada de: TerapiaNeural.com

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